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Por José Miguel Piquer
La ciencia aplicada a la política
El país, por su parte, ha ido comprendiendo que requiere de investigación y de formación de alto nivel para desarrollarse y que no se trata de un simple lujo de país rico.

21 de septiembre de 2004
Fuente: Diario Financiero

En general los científicos y los políticos parecen lo más opuestos en sus intereses y visiones; al menos como los percibe el resto de la sociedad. Tal vez por eso nunca estamos de acuerdo en las políticas que el Estado debe aplicar en Ciencia y Tecnología para asegurar el desarrollo futuro del país. Sin embargo, creo que estos últimos años hemos ido acercando posiciones: los científicos y las universidades han ido aceptando que ya no pueden seguir como torres de marfil aisladas de las necesidades reales de la sociedad. El país, por su parte, ha ido comprendiendo que requiere de investigación y de formación de alto nivel para desarrollarse y que no se trata de un simple lujo de país rico.
Esta vez quiero concentrarme en lo que la visión científica podría aportarle a la política, reconociendo que no todo es ciencia: la pasión, los ideales, los sueños debemos mantenerlos en sus propias fortalezas y alejados de la racionalidad.

Tal vez la lección más importante que la ciencia debe entregarle a la sociedad es el aprender a dudar, el disfrutar de lo desconocido, el aceptar que no sabemos, que no conocemos las respuestas. La vida es incierta, nunca sabemos lo que nos espera y, al final, siempre termina siendo aquello que nos ocurre mientras planificábamos nuestro futuro. Richard Feynman, premio Nobel de Física, en los años 60 dio una charla sobre Ciencia y Sociedad donde explicaba por qué los políticos eran tan mal evaluados por la gente (pueden ver que no hemos inventado nada nuevo estos últimos años). Básicamente resumía el problema en que la gente quería respuestas rápidas y fáciles, políticos que den la sensación de seguridad y certeza son siempre los más populares (el presidente Lagos con su aire señero, y Lavín con su permanente sonrisa de niño son nuestros paradigmas estrellas). El problema es que esta aproximación fácil tiene su lado negativo: los candidatos están obligados a fallar en sus promesas, porque los grandes problemas no son simples.

Mucho tiempo, el mundo pensó que la desigualdad, la pobreza y el sufrimiento eran parte de un plan mayor de los ricos para controlar el mundo. Esto lo creyeron incluso los mismos ricos: los nobles, los reyes, la iglesia, realmente pensaron que ese modelo era así. Cientos de miles de muertos, revoluciones, guerras civiles y evoluciones posteriores nos han traído al mundo actual, todos buscando la libertad, la igualdad y la fraternidad (slogan de la revolución francesa). Henos aquí hoy, vestidos con los jirones de nuestras utopías, teniendo que aceptar que aún no sabemos como deshacernos de la desigualdad, la pobreza y el sufrimiento.

La aproximación más honesta y científica a los problemas de fondo de la sociedad sería el aceptar que hay problemas cuya solución no conocemos: la pobreza, el desarrollo, la felicidad, la salud, la educación, la tecnología, etc. Enfrentarlos como problemas científicos: desarrollar experimentos controlados, comparar resultados seriamente, intentar objetivizar la discusión política. El problema es que un candidato que diga: "yo no sé cómo resolver los problemas del país, pero aplicaré el método científico para enfrentarlos", no lograría ni medio voto.

Es extraña la democracia, por una parte parece tan tonta y tan manipulable que cualquier candidato con suficiente marketing debiera poder ganar una elección. Por otro lado, resulta un sistema tan eficiente para seleccionar estrategias futuras y adaptarse dinámicamente en el camino, que es sorprendente. Incluso posee habilidad para deshacerse de los populistas de turno. Es tan sorprendente que a veces pienso que un candidato serio, que tuviese un discurso realista, dudoso de las certezas y con una aproximación científica hasta podría ganar una elección. Por lo menos, valdría la pena probarlo.

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