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Por Juan Félix Burotto Pinto, docente de la Universidad de Los Lagos Puerto Montt
Entre el emprendimiento y la agresión
Hace unos días atrás un alumno me preguntó si era moralmente aceptable el emprender en pos del bienestar personal e, incluso, del hacer riqueza. Mi pronta respuesta fue que sí, que por cierto... siempre que se actuara éticamente. Terminada la clase, permanecí cavilando algunos instantes en el aula vacía. Mi contestación había sido precisa pero sentí que debía profundizarla, para mi estudiante, para otros, para mí mismo.

24 de noviembre de 2003
Fuente: Diario LLanquihue

Parto de una base segura. Hoy día se respeta y admira al emprendedor que genera riqueza. El emprendedor es aquel sujeto que maximiza sus posibilidades intelectuales en función de enfocar sus esfuerzos para generar un dispositivo cultural que provea, en su novedad, una gestión que sin esa capacidad emprendedora jamás se habría gestado. La gestión de un emprendedor produce ganancias, obviamente. Pero aquí hay coincidencias en lo que, en esta misma columna, reflexionara sobre el liderazgo, esto es, una cosa es tomar la cáscara de un concepto y otra, su sustancia; como se recordará, yo apoyo con fuerza al líder - como usted, supongo - en la medida que no sea el agente de una maniobra para obtener una posición de primacía haciendo pie en la bobería de los demás. Cercanas, pero no idénticas, son las aproximaciones que se pueden sostener respecto del emprendimiento y el emprendedor. Aquí van.

Lo primero que hay que repetir es que en la actualidad se admira al sujeto emprendedor, mas sin reparar en el cómo logra la gestación de su emprendimiento. Y hay allí un problema mayúsculo: la observación vulgar rescata sólo el éxito sin reparar en las herramientas con que el supuesto emprendedor operó frente al entorno humano, con lo cual, despojada de su dimensión cualitativa queda, únicamente, medir el resultado en términos puramente pecuniarios, en un paupérrimo "tanto tienes, tanto vales" o, más claramente todavía, "tanto ganaste, tanto vale tu emprendimiento". Este recorte con el que el vulgo justiprecia puede resultar del todo estólido, si bien el ponderar sobre la base del quantum de dinero obtenido sea perfectamente legítimo... en principio.

Imaginemos que usted inventa un artefacto para purificar las aguas servidas, que es altamente eficiente y que redunda en un beneficio general de la población en donde está sito. Usted patenta su ingenio y, para hacer breve el ejemplo, usted mantiene el ecosistema pero, además, gana dinero. ¿Adecuado? Sí, a todas luces.

Un modelo

Pero pongamos una situación distinta y me disculpo por la bizarría del modelo: descubro, mediante un sofisticado muestreo, ciertas predilecciones de una comunidad cualquiera. Invento entonces un dispensador de servicios que cubra tales inclinaciones; en tal empresa requiero de un contingente de operadoras que sean capaces de asumir el compromiso. Las operadoras, libremente contratadas y persuadidas por mí, cumplen su encomienda y lo hacen dentro de los marcos de la privacidad más estricta, cumpliendo con la legalidad vigente. El problema estriba en que no he focalizado a lo menos tres problemas: a) que las condiciones del mercado laboral y una determinada situación económica permean la menor capacidad de elegibilidad de mis futuras trabajadoras. Yo no presiono, el sistema sí; b) que para la mejor prestación de sus servicios, establezco un sistema de asilo con lo cual retaceo la vida sentimental y/o familiar de mis trabajadoras; y c) finalmente, no me preocupo del daño que dicho ingenio mío puede provocar en el grupo humano. Siempre puedo dar tres respuestas: ellas aceptaron un trabajo que es legal; las asilo para su eficacia; y lo que la ley no prohibe es válido.

A esto yo lo llamo capacidad de agredir y no de emprender. En efecto, la violación que he hecho en mi prototipo no es ilegal ciertamente e, incluso, es inteligente y, adicionalmente, me otorga pingües utilidades. Se trata de una vulneración ética la que, como usted bien lo sabe, es una cuestión menor en los días que corren. Este régimen violatorio de los derechos humanos de mis empleadas puede parecer inocuo - legalmente lo es - pero sí es inicuo en el plano moral. Causo un daño a un segmento marginalizable de la sociedad y, por lo mismo, quedo impune frente a la transgresión. El poder me ampara. Aún más, el mentado colectivo es fácilmente invisibilizado en tanto sujeto de violaciones, entre otras consideraciones porque el sistema replica tal modelo o, si se prefiere, yo estoy replicando un modelo anterior en uso.

Legitima existencia

La gravedad del asunto estriba en la fama incontrarrestable del emprendimiento per se, sin parar mientes en los medios que, en definitiva, lo conforman. Se es emprendedor a secas y ello es positivo o no se es y ello es, obviamente, negativo, con independencia de las coyunturas éticas que le hagan a uno emprender y al otro restarse. No es un detalle, en cualquier caso, el que incluso en una suprema temeridad, se valore a quien en su desatada competitividad arruina al otro, porque, finalmente, de lo único que se trata es de hacer.

Vuelvo de nuevo a la respuesta que diera a mi estudiante urgiendo una eticidad impostergable. Añado entonces que ser ético no es ser, lisa y llanamente, uno que se refugia en el limitado horizonte de la ley positiva, ni en la pura corrección - un asunto de formas - en que se puede permitir un sutil oportunismo. No. La ética, la única posible, es la que considera la legítima existencia en plenitud de los demás. En mi ejemplificación, descubro que la seda es la moda (¡ah, de eso se trataba!) e invento un método para producirla fomentando la ostentación hedonista en el medio, para lo cual hago expoliación de un puñado de mujeres que las circunstancias ponen a mi merced. A mí no me pasa nada malo, a dichas mujeres sí.

No es tan difícil de entender. En el Talmud se lee "No hagas a otro lo que no quieres que hagan contigo". Nada demasiado complicado. Todo podemos comprenderlo. Y actuar en consecuencia, escribo finalmente.

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