12 de enero de 2004
Fuente: El Mercurio
Por: Nicolas Luco
Ojalá te hayas deshecho de tu maleta de fierro, ya era pesada sin ropa, le dice confianzudo Claudio Teitelboim, físico y Premio Nacional de Ciencias 1995, al juvenil Marc Henneaux, su colega. Se ríen, en Valdivia, Servet Martínez, Premio Nacional de Ciencias 1993, y Ramón Latorre, de 2001. Machitún de cerebros.
Marc Henneaux sonríe también. Belga, casado con una historiadora con la que tiene tres hijos hombres, se doctoró en 1980 luego de pasar un tiempo en el Princeton de Einstein trabajando con Teitelboim. Su primer contacto había sido la física, una idea del belga sedujo al chileno quien lo invitó a EE.UU.
Éramos las dos personas en el mundo que nos habíamos dado cuenta de lo importante del cálculo de Marc, dijo Teitelboim, relatando el proceso.
Hoy el belga dirige uno de los centros mundiales top: el Instituto Solvay Internacional para la Física y la Química, con sede en Bruselas, Bélgica. Es una carga. En su bolsillo trae un álbum de fotos con los miembros del último siglo: Einstein, Bohr, Wheeler, Gell-Mann, Feyman... una sarta de premios Nobel.
Él mismo, Henneaux, reemplaza al Nobel de Física 1977, Ilya Prigogine, muerto en mayo.
Toda esta semana la pasará discutiendo con científicos.
Es un genio - explica el físico chileno Ricardo Troncoso, que trabaja con él- vio hace 20 años algo que nadie más veía.
Intenta traducirlo. Mira, trata de imaginar que toda la realidad cabe en una habitación, un polígono, explica rápido.
Dice Troncoso que Henneaux demostró que los datos de una de las paredes de esa habitación eran capaces de dar cuenta exactamente del contenido de toda la realidad, de toda la habitación. Nadie lo vio como él, insiste.
Marc Henneaux está asociado con el Centro de Estudios Científicos (CECS) desde 1985, y desde entonces está viniendo cada año a seminarios y cursos. Cuando publica menciona su carácter de asociado al centro de Valdivia. No ha aprendido español, ha viajado con toda su familia a veces, y se siente ya un hombre de amigos en el país.
 | | Olvídese del universo es la cita que preside la conversación entre Claudio Teitelboim y Marc Hennaux.
(Foto:Alejandro Guerrero) |
Teitelboim parece decir yo lo vi primero. Pero, en realidad, articula su estado de ánimo cuando describe la relación: somos de la misma cepa, de la felicidad, de la búsqueda, de la independencia, de la libertad, de una cierta manera de gozar la vida que debiéramos preservar.
- Los experimentos, ¿ayudan a los físicos teóricos?
Nos ayudan. Pero la gente a veces cree que los experimentos son lo primero y que la tarea del científico es interpretarlos. Eso no es tan cierto. Hay un acto creador en que construimos teorías. Algunas están equivocadas, por cierto, otras están en lo cierto; y eso lo decide el experimento.
Pero quiero corregir la idea de que los científicos sólo interpretamos el mundo. Es más que eso. Creamos teoría y luego vemos si calzan o no con la realidad. La ciencia comparte muchas características con la creación artística.
- Es tan complicada la física, imposible incorporarla en la vida diaria.
Pero, por el otro lado, todo es tan fascinante y hay en ello tanta poesía que incluso si uno no entiende completamente las matemáticas que lo respaldan, uno no puede dejar de quedar encantado con la belleza de todo.
- ¿La belleza?
Nos impulsa la belleza. En lo profundo de nuestros corazones somos poetas. Nos impulsa la belleza del mundo y estamos fascinados por lo bien que funcionan las matemáticas en explicar tan bellas cosas.
- ¿Cómo llegó a Chile?
El 78 Teitelboim me invitó a Princeton. Fue para mí una oportunidad espléndida. Y lo que comenzó como una colaboración científica terminó en amistad. Luego tomé un trabajo en Bélgica y él se volvió a Chile. Pero mantuve mis contactos con este país, y la razón principal era la científica. El CECS atrae a grandes científicos. Gente muy ocupada, apurados, que no quieren perder tiempo. Y vienen. Este centro tiene notables estándares de calidad en física. Es uno de los clave en el mundo. Y vienen no a entregar generosamente sus conocimientos, sino porque saben que recibirán algo a cambio.
- ¿Invitaría a los jóvenes a ser científicos?
Sí. Un poeta francés, Musset, dice que una vida exitosa es aquella que cumple con los sueños adolescentes. Yo he tenido, entonces, una vida exitosa. La ciencia es una empresa gozosa, no seca, como a veces se la presenta. Uno invierte enormes esfuerzos en comprender cosas que uno no comprende. No es un trabajo con horario. Es una pasión, por eso se goza.
- Los políticos le piden aplicaciones a la ciencia.
No hay que juzgarnos en el corto plazo. Muchos avances se han logrado en lo teórico que ni siquiera vislumbraban sus aplicaciones. Einstein no soñó con el sistema GPS, pero eso aplica sus teorías. Por cierto se necesita gente que trabaje en aplicaciones, pero la ciencia es un sistema completo. Hay que apoyar la ciencia básica tanto como la aplicada.
- Se le vino a reconocer años después de sus descubrimientos. ¿Se siente esa soledad?
Uno no debe seguir la moda; eso es muy importante. Claro que no hay que vivir desconectado, es bueno interactuar. Por eso el CECS es tan bueno. Aquí se encuentra la serenidad para seguir el propio camino. La ciencia puede hacerse sólo si se tiene esa serenidad.
Hay algo interior que nos dice que debemos perseguir una idea. Esto debería trabajarse con la mayor independencia y libertad posibles. Por eso los políticos no deberían decirnos tanto qué es lo que debiera hacerse u omitirse. Uno debiera asegurarse de que contrata a la mejor gente y luego tener confianza en lo que hacen. Selección y confianza.
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