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Destacado neurobiologo chileno
Francisco Varela
El prominente neurobiólogo chileno Francisco Varela murió en París a los 54 años, víctima de un cáncer hepático. Presentamos una breve síntesis de su carrera y tres miradas que recorren sus aportes a la ciencia y al conocimiento.

Francisco Varela exploró siempre las fronteras de la ciencia y el conocimiento. En sus últimas investigaciones, se interesó en lo que para muchos es simplemente el problema central de la neurobiología moderna: los mecanismos neuronales asociados a los fen.

Ciencia y tercera cultura

La primera vez que supe de Francisco Varela fue al leer "El Árbol del Conocimiento", escrito en conjunto con Humberto Maturana. Este es un libro importante: basado en el concepto de autopoiesis, establece una "biología del conocimiento", una explicación de la manera como conocemos las cosas, que tuvo vastas repercusiones en la comunidad científica internacional y público en general.

Posteriormente, seguí, desde una cierta distancia, sus esfuerzos por encontrar las bases de la identidad de las personas, de la construcción de su "yo", para lo cual intentó integrar el conocimiento neurocientífico duro del laboratorio con la sabiduría acumulada a través de generaciones en las reflexiones de los budistas tibetanos. Y también tuve la oportunidad de escuchar una presentación suya durante una de sus últimas visitas a Chile, en la que nos mostró cómo, utilizando sofisticadas técnicas matemáticas, le era posible predecir un ataque de epilepsia, extrayendo de los electroencefalogramas de esos pacientes los patrones comunes que permitían anunciarlo.

Su entusiasmo por comprender lo que ocurre con los seres humanos, con ejemplos provenientes de la epistemología, de la frontera entre la ciencia y lo subjetivo, y de las mediciones del laboratorio, como son los que acabo de mencionar, muestran lo vasto, profundo y fecundo de sus inquietudes. En un ranking hecho por neurocientíficos de todo el mundo, que votaron por los papers o libros que más influencia tuvieron durante el siglo XX en el avance de la neurociencia, el trabajo "The embodied mind", de Varela, Thompson y Rosch, está entre los 300 documentos más importantes. ( http://cogsci.umn.edu/millennium/top100.html ). Eso es suficiente para reconocer su valor.

Sin embargo, quisiera agregar el antecedente que más me impresiona de Varela, y me sigue impresionando. El editor de libros científicos, John Brockman, en su trabajo "La tercera cultura", hace dialogar, en torno a un texto de cada uno, a los científicos que están creada esa tercera cultura. Se trata de la cultura generada por pensadores que, proveniendo de la ciencia, comparten sus conocimientos con la opinión pública ilustrada, incluyendo en su temática problemas y enigmas que hasta hace poco estaban reservados sólo a los humanistas. Entre esos científicos están físicos como Penrose o Gell-Mann, biólogos como Dawkins, Kauffman o Margulis, psicólogos como Humphrey o Pinker, estudiosos de la inteligencia artificial como Minsky y filósofos como Dennett. Todos ellos y el resto de los escogidos por Brockman son de origen sajón. Hay una sola excepción: el neurobiólogo chileno Francisco Varela. ¡Qué notable singularidad! Su aporte no sólo incrementa el conocimiento científico del planeta, sino que además ayuda a construir nuestra identidad como nación.

Esa doble condición de científico del mundo pero a la vez chileno de excepción, transforma a Francisco Varela en un ejemplo para nuestras generaciones venideras, pues les muestra un camino a seguir y les indica una senda que vale la pena transitar.

Por Alvaro Fischer , presidente del Instituto de Ingenieros de Chile.

Del ojo del insecto al ojo de la mente

La carrera de Francisco Varela estuvo jalonada de intuiciones geniales. Ya en sus primeros trabajos como estudiante de doctorado en Harvard consiguió demostrar que la imagen generada por el ojo compuesto de los insectos es bastante comparable a la imagen que genera el ojo de los vertebrados. Esta idea contradecía todo lo que se pensaba en ese momento, y cambió radicalmente el concepto de la visión en los insectos.

Pero la motivación fundamental para Varela siempre fue el estudio de los fenómenos cognitivos. Habiendo obtenido su doctorado, Varela volvió a Chile a trabajar con Humberto Maturana. La anécdota cuenta que, al conocer a Maturana, le dijo: "Mi interés es elucidar el psiquismo del universo". Maturana habría contestado: "Muy bien, comencemos por el ojo de la paloma". La interacción entre Maturana y Varela fue fructífera y culminó en la teoría de la autopoiesis, que define a los seres vivos como máquinas autónomas, que producen sus propios componentes y cuya dinámica está determinada, fundamentalmente, por sus relaciones internas. Como era un matemático competente, Varela pudo posteriormente expandir y formalizar el concepto de autonomía a los sistemas biológicos generales. Este concepto ha sido exitosamente aplicado al sistema inmune y muy especialmente al sistema nervioso.

En una segunda estadía en Chile, Maturana y Varela prepararon su obra "El árbol del conocimiento", best seller que ha sido traducido a más de 30 idiomas, donde aplican los principios epistemológicos de la biología del conocimiento a diversos ámbitos, como la teoría de la evolución y la dinámica social.

Más recientemente, y ya en Europa, Varela se interesó en lo que para muchos es simplemente el problema central de la neurobiología moderna: los mecanismos neuronales asociados a los fenómenos conscientes. En particular, Varela estudió los procesos de sincronía en la actividad neuronal, y su relación con la percepción y con los estados de conciencia. En esta línea, el trabajo de Varela ha sido pionero, tanto en el análisis matemático de la dinámica neuronal, como en la implementación de novedosas y sofisticadas tecnologías que permitieron por primera vez observar sincronía neuronal en asociación a procesos cognitivos conscientes.

En sus últimos estudios, Varela había estado impulsando una visión totalmente original sobre la forma de hacer neurociencias, que él había llamado neurofenomenología. En ésta, él intentaba reconciliar una mirada científica y formal sobre la cognición, con la experiencia vital, en primera persona, de ser y encontrarse en el mundo. Estos trabajos quedaron inconclusos por su prematura muerte.

Por Francisco Aboitiz , director del programa de morfología de la Facultad de Medicina, U. de Chile, y Eugenio Rodríguez , profesor de la Escuela de Psicología de la UC, colaborador de Varela en sus últimas investigaciones en París.

Coraje y lucidez

Francisco Varela fue un científico excepcional en más de un aspecto. No sólo hizo descubrimientos fundamental es en los ámbitos de la neurobiología, que lo apasionaron siempre y que constituyen la parte más trascendente de su trabajo en lo puramente científico, sino que además comprendió muy temprano y antes que muchos otros que los temas que le interesaban debían abordarse en forma interdisciplinaria. Este enfoque, que ahora es unánimemente aceptado no lo era entonces y lo convirtió en pionero.

Otro aspecto que lo distingue como intelectual es no haber vacilado en integrar a su reflexión corrientes de pensamiento alejadas de las más aceptadas en los círculos científicos, tales como la cosmovisión budista. Todo lo anterior configura un pensador fuera de lo común, con mucho coraje y lucidez, sobrepasó largamente el ámbito de la ciencia , haciendo escuela en diversas partes del mundo, donde sus trabajos se han constituido en inspiración y punto de partida para numerosos intelectuales.

Su influencia en Chile ha sido grande y deja en el país una gran cantidad de discípulos que juntos con otros en todo el globo continuarán su obra. Si bien sus trabajos científicos bastan para ubicarlo entre los hombres de ciencia de más peso e influencia de su generación, sus estudios sobre el fundamento del conocimiento y la posibilidad de alcanzarlo da una dimensión única de universalidad a su vida y obra que marcarán en el futuro la reflexión de filósofos y hombres de ciencia.

Por Enrique Tirapegui , físico, presidente de la Academia de Ciencias.

Su vida

Nacido en 1946, Francisco Varela estudió en el Verbo Divino de Santiago. En 1967 se licenció como biólogo en la Universidad de Chile y luego obtuvo un doctorado en Biología en la Universidad de Harvard. Al volver a Chile, en 1970, trabajó con Humberto Maturana en la generación de la teoría de la autopoiesis, que presentaron inicialmente en el libro "De máquinas y seres vivos" y luego en la década de los 80 en la difundida obra "El árbol del conocimiento". Allí desarrollaron una teoría epistemológica centrada en el rol del observador y expusieron el concepto de autopoiesis para definir lo vivo; es decir, es autopoiético un sistema que genera la red de componentes que lo integran.

En 1973 el científico emigró a Estados Unidos y trabajó en la Universidad de Nueva York. Volvió temporalmente a Chile entre 1980 y 1985, para luego marcharse a Europa, al Instituto Max Planck, en Alemania. Finalmente se radicó en Francia, donde desarrolló una prolífica labor: fue director de investigaciones del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), dirigió el laboratorio de neurociencias cognitivas en el Hospital de la Universidad de la Salpetriere y se desempeñó como académico de la Ecole Polytechnique.

Varela exploró, a la largo de treinta años de investigación, las características de la vida, las bases biológicas del conocimiento y el lenguaje, realizó aportes a la comprensión de la epilepsia y se internó en la frontera de la neurociencia y la sicología cognitiva. Los fundamentos biológicos de la conciencia, un tema antes casi vetado en la investigación científica, lo apasionaron durante sus últimos años.

Su interés por la filosofía budista lo condujo asimismo a estudiar la relación entre el pensamiento oriental y los métodos científicos surgidos en Occidente. Aclaró, sin embargo, que "estas inquietudes representan un interés de diálogo intercultural, pero mi trabajo sigue siendo al interior de la ciencia".

Más de 200 publicaciones en revistas especializadas y 15 libros reflejan su dilatada obra. Entre ellos, "De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana", junto a E. Thompson y E. Rosch (1991); "Ética y acción" (1995); "Un puente para dos miradas. Conversaciones con el Dalai Lama sobre las ciencias de la mente", en coautoría con Jeremy W. Hayward (1997), "Dormir, soñar, morir" (1999) y "El fenómeno de la vida" (2000).

Meses antes de morir, el científico le dio una entrevista al periodista Oscar Contardo de "Artes y Letras", en la cual se definió como un "hombre de preguntas molestosas". Allí se refirió a las sofisticadas técnicas magneto-encefalográficas que utilizaba en sus investigaciones, aunque recalcó que "las técnicas por sí solas no hacen nada, las técnicas tienen que ser orientadas por buenas preguntas".

Respecto de las últimas investigaciones sobre la conciencia, señaló que "se ha avanzado en varios frentes, percepción, sueños, cognición, todos cortes distintos de lo que se manifiesta en la conciencia. Lo que todavía queda sin explicación es la forma en que el sistema nervioso integra todos estos cortes. Existe un atisbo de respuesta a través de lo que podría ejemplificar como una orquesta de jazz. Cada aspecto cognitivo (percepción, memoria, etc.) tiene su música, es decir grupos de neuronas que oscilan a ciertas frecuencias. Entonces, la síntesis de lo que es un momento de conciencia es como una melodía bien lograda entre los distintos músicos, un todo unificado...".

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